El Nuevo Herald, Galería, Sección D, pág. 1D

Tomás Oliva dialoga con la escultura, Por Armando Álvarez Bravo, 1989
Cortesia del autor

El Nuevo Herald, Galería, Sección D, pág. 4D

La escultura como forma de la poesia, Por Armando Álvarez Bravo, 1989
Cortesia del autor

El Nuevo Herald · Galería · Sección D, pág. 1D y 4D · Miami, FLA. · Sábado 27 de Mayo de 1989

Tomás Oliva dialoga con la escultura

Uno de los más importantes escultores latinoamericanos contemporáneos, Oliva entiende la escultura como expresión del pensamiento.

Por Armando Álvarez Bravo Crítico de arte de El Nuevo Herald

Tomás Oliva es un hombre para quien el diálogo y la discusión son imprescindibles. Es esa necesidad vital que le llevó a dedicarse a la escultura. Su práctica constituye para él la forma de expresar el pensamiento.

Oliva, uno de los más importantes escultores latinoamericanos contemporáneos, es un trabajador infatigable que entiende que la escultura es una de las formas de la poesía y de la filosofía. También un campo ilimitado donde se pueden verificar todas las formulaciones, las luchas y las soluciones posibles.

La indivisible aventura estética y personal de Tomás Oliva se inició en sus años de estudiante en La Habana, en la Academia de Arte de San Alejandro, pero encontró su órbita en 1953, cuando con Agustín Cárdenas, José Antonio Díaz Peláez, Francisco Antigua, Guido Llinás, Hugo Consuegra, José Ignacio Bermúdez, Antonio Vidal, Viredo y René Ávila, realiza una exposición colectiva en la Sociedad Nuestro Tiempo.

Aquel intento de ponerse en contacto con el ámbito cubano sería el nacimiento del Grupo de los Once, cuya actividad fue un factor esencial de renovación de la plástica en Cuba.

"Hasta la escultura más pequeña de Oliva comunica esa monumentalidad, que puede definirse como una consecuencia absoluta del pensamiento del espectador frente a unas proporciones hechas por el artista."

El hierro: símbolo de nuestra época

Cuando se ve trabajar a Tomás Oliva se tiene conciencia del enorme esfuerzo físico que demanda la escultura. A la intemperie, en un denso jardín donde la luz se filtra por las entretejidas ramas de los árboles, el artista corta, golpea y moldea los más resistentes materiales.

Crea piezas que se definen por la monumentalidad, esa dimensión que no se encuentra en el tamaño físico, sino en los factores que están en juego en la escultura, que es un producto de la imaginación.

Muchos identificarán la copiosa obra escultórica de Tomás Oliva con el hierro. El artista ha logrado arrancar a ese difícil material, que muchas veces modifica a partir de objetos mecánicos, un lenguaje propio.

La razón de esa preferencia por el hierro es que el escultor lo considera un símbolo de nuestra época. “Lo vemos”, dice, “en las más inimaginables formas y tamaños”.

Lucha entre la emoción y la razón

Esta preferencia de Oliva por un material de tan ardua elaboración es producto de su evolución personal y, también, del descubrimiento de una filosofía de la creación.

“A partir de que acometo la escultura como una experiencia estética”, recuerda Tomás Oliva, “voy descubriendo, desde mi interés inicial por la composición, que había una enorme relación entre la materia que trabajaba y las posibilidades expresivas formales. Hice experimentos con distintos materiales, y fui derivando hacia el hierro como la forma óptima de expresión”.

Esa forma óptima de expresión ha llevado a Tomás Oliva a una definición personal de la escultura, en la que se integra una visión general del mundo.

“Para mí, la escultura es el resultado de la lucha entre la emoción y la razón. Esta varía de acuerdo con los tiempos. Desde un punto de vista filosófico, hay épocas más inductivas, y épocas más deductivas. La que nos ha tocado vivir es totalmente inductiva. Pero arrastramos nuestra formación”, señala el escultor.

Influencia de González y Giacometti

En la biografía espiritual de todo artista, esa formación tiene un capítulo central, el de las influencias. Oliva no vacila en señalar las suyas: “El español Julio González y Giacometti. González por su realización y por su sentido de la realidad. Giacometti me interesa más filosóficamente por la interrelación entre la figura y el espacio. Mi respeto por él no se centra en el aspecto formal de su escultura, sino en lo más esencial de esa interrelación”.

En este sentido es preciso destacar la vigencia que Tomás Oliva otorga al espacio, que para él es una forma negativa de la escultura. Por ello, se constituye en lo más positivo y esencial como forma de expresión. Así se puede afirmar que Oliva ha llegado a un momento en que no le interesa la escultura como objeto, sino las interrelaciones de espacios referidas a ella.

La exposición a cualquier obra de Tomás Oliva plantea dos preguntas indisolublemente ligadas: ¿Cuál es la gestación de la obra de arte y en qué consiste el proceso de creación?

La primera pregunta la responde Tomás Oliva con la intensidad que lo caracteriza:

“Para mí, la vida. Y en un momento determinado todo el mundo perceptual que está penetrando y al que estás perceptivo. Cuando eso se produce, se va creando una suerte de simbología formal que se convertirá en el instrumento de tu expresión. Hay algo de lo que percibes que se asienta en ti y te permite definir valoraciones”.

La creación como aventura

En lo que toca al proceso de creación, que en nuestra época es para muchos el eje de la creación misma, es innecesario señalar que cada artista tiene su versión personal de ese proceso. Tomás Oliva concibe la escultura de una forma total. Es decir, concibe el contexto total de la forma, y eso constituye el punto de partida para la elaboración de la obra.

Cualquier escultura de Tomás Oliva plantea una especulación inconsciente entre la propia pieza, el ámbito y el espectador. Ese absoluto es parte esencial de la concepción artística del escultor. Es también ya una vía de posesión y un desafío.

Para Oliva, si la escultura está en función determinada puede responder a esa necesidad. Pero en cualquier obra se puede partir de premisas, y cree que una premisa asimilada no es un factor limitante de la concepción estética. Es más, puede ser un factor incitante en la búsqueda de soluciones formales completamente nuevas.

Si Oliva parte en todo su quehacer de esta premisa, la posibilidad de comunicación se hace más evidente en sus trabajos en hierro. Es el milagro de la participación del hecho creativo.

“Con cualquier obra uno lanza como una señal. Esa señal debe ser recibida. Y entre la emisión y la recepción está la aventura. El espectador puede leer la obra de una forma u otra. Yo creo que es justamente en esa correlación entre lectura y obra que reside lo que es el verdadero arte: que es la recreación”, afirma el escultor.

Con su afán de precisiones, Oliva define su pensamiento: “Para mí, el arte existe cuando se recrea, se visita y se contempla. En ese punto se establece un nexo entre espectador y autor. Es entonces cuando el espectador deviene coautor, partícipe o no”.

La poesía: el último reducto

La larga e importante carrera artística de Tomás Oliva es inseparable de su activa vinculación al proceso cultural y político cubano. Esa vinculación a las realidades de su patria sigue constituyendo una preocupación fundamental en su vida. El exilio no ha podido ni mitigarla ni extinguirla.

¿Cómo se refleja esa condición en la creación del escultor?

“Lo que ahora procuro es la poesía. Sobre todo la que surge de la relación entre el individuo y el ámbito. Quizás esto es consecuencia de una marginación intelectual. Porque creo que la poesía es el último reducto de la expresión individual”, reflexiona Oliva.

“Creo que todos somos unos marginados, porque estamos en un ámbito que filosóficamente no es consecuente con nosotros mismos”, sigue diciendo el escultor. “Hay quien tiene una propensión hacia el materialismo, que lo lleva a una fácil y rápida adaptación. Pero considero que estamos aquí precisamente por las razones contrarias. Por razones más espirituales”.

A pesar de ese desarraigo, Tomás Oliva trabaja con la misma intensidad con que lo hizo cuando se inició en la escultura. Su quehacer se realiza en la soledad de un jardín donde en un pedazo de tierra puede fundir un bronce exquisito, mientras abre un espacio entre las plantas para unas estructuras de finísimos alambres.

Pero en el sitio de trabajo, que es donde se cumple la vida del artista, siguen dominando las esculturas en hierro. Unas están terminadas, otras en proceso y otras son simplemente una forma que empieza a insinuarse a partir de unos pocos fragmentos, unidos por puntos de soldadura.

En un mundo tan propio como secreto es donde alienta esa necesidad de diálogo que Tomás Oliva asigna a la escultura. Cada pieza es un discurso, pero con el paso del tiempo esas palabras en metal han decantado su latente fuerza para dar un espacio mayor a la poesía.

“Toda la escultura se reduce a una estética de contrastes. Porque entre los contrastes podemos encontrarlo todo, y fundamentalmente, la armonía”, dice Tomás Oliva, mientras da forma a una lámina de hierro.

En cada golpe está la conversación del artista hacia una conversación mayor desde la escultura. En ella radica la belleza que es forma y espacio.


© 1989 El Nuevo Herald. Transcrito para el Archivo Digital de Tomás Oliva.