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"TOMAS OLIVA UN HACEDOR DE CULTURA…"

Por José Raúl Alonso

La obra de arte que resiste el paso del tiempo ha tenido siempre un valor incalculable… ¿Cuál no será entonces el valor de aquella, única, que además de resistir, trasforma el tiempo de los hombres y su espacio?

Conocer a Tomás Oliva resulta una experiencia única para quien enfrente el arte como un hecho cultural, más allá del vedetismo y la egolatría que afectan la obra de tanto artista contemporáneo; para él, lo importante es la obra, el momento en que surgen las formas que lo obsesionan, no la imagen de genio atormentado que tanto aman algunos artistas preocupados más que nada por la trascendencia de su persona.

Sus esculturas, que pueden ser admiradas en museos, colecciones privadas, universidades, parques y plazas de España, Francia, México, Cuba, Israel y Estados Unidos, se cuentan entre lo más trascendente y renovador del arte cubano. Tomás Oliva, en cambio, le da más importancia al lugar que a la obra ocupa dentro de su proyecto estético personal, pues el no se define como creador de formas en el espacio, sino como un hacedor de cultura. Una pieza suya no es simplemente un objeto bello, es un hecho cultural que lo trasciende.

Nacido en La Habana, Cuba, en 1930, Tomás se interesa desde muy joven en las artes plásticas. Cursa estudios de pintura y escultura en la Academia de San Alejandro, en La Habana. Sus maestros, por la habilidad con que es capaz de pintar según los cánones académicos, lo incitan a dedicarse a la pintura. Pero estos cánones le resultan estrechos, y la pintura no le basta para contener toda su vitalidad. Elige la escultura y, más tarde, un arte no representativo en el que todo es lirismo y resistencia. Consciente de que la academia puede significar su muerte como artista, emprende su batalla contra el arte figurativo. De este esfuerzo surge el grupo Los Once.

Hacia el año 1952, once pintores y escultores jóvenes con deseos de proyectarse hacia una actividad cultural y política que trascendiera a su generación, unen fuerzas para renovar la plástica en Cuba; entre ellos, Hugo Consuegra, Agustín Cárdenas, Guido Llinás, y, por supuesto Tomás Oliva. Sin un credo estético común, la necesidad de un arte no representativo era algo evidente para todos… pero si compartían un credo ético: crear al margen de todo compromiso oficial.

Tras tres años de exposiciones, el grupo se separa. La difícil situación del país ha hecho que se tabaleen las posiciones éticas de algunos de sus integrantes. Pero al desintegrarse como grupo es que cobra verdadera fuerza y definición. Tomás Oliva, núcleo fundacional y teórico, lucha por el proyecto y, con los que aún permanecen fieles a los postulados de Los Once, crea una obra agresiva, marcada por elementos surrealistas y expresionistas que hacen de sus hierros obras únicas.

Por esta época, el escultor viaja a Europa. España y Francia le ofrecen sus museos. Pero más aún lo seduce el arte que aún no ha llegado del todo a ellos: las más modernas tendencias que están pugnando por imponerse. Al regresar a su país decide impulsar la batalla por la modernidad, mientras su obra se multiplica y enriquece. A partir de 1959 trabaja como funcionario del Ministerio de Cultura1 y como profesor en la Escuela de Arquitectura de la Universidad de La Habana. Precisamente, en estas posiciones, la defensa de sus principios estéticos y su participación en la elaboración de los planes de estudio para la enseñanza artística, contribuyeron en gran medida a evitar que la plástica cubana cayera en la aberración del realismo socialista. Pero llega el desencanto y, tras varios años de ostracismo, emprende el camino del exilio.

Tras una estancia de un año en España, llega a Estados Unidos donde actualmente reside. El reiniciar su carrera en este país fue muy duro, pero la lucha por imponer su obra y sus ideas lo hizo sentirse nuevamente inmerso en el torbellino de la creación, es decir, de su vida… y tanto batallar no hizo mella en él. Gracias a eso, llegar hoy a este hombre abierto y lúcido, testigo memorioso de una época única, es sumamente sencillo. Dejarse llevar por la poesía de esos metales que aún se le resisten —para finalmente ser dominados por él— no es ni fácil ni difícil… es inevitable. Y así, contemplar sus escultura y dibujos es contemplar a Tomás… Pocas veces una obra ha definido tan completamente a su creador; y más en el caso de este artista y hombre ejemplar que siempre ha luchado por mantener su integridad… y lo ha logrado.

En fin, llegar a Tomás Oliva —aun a través de las páginas de una revista— es sin duda una experiencia de la que saldremos transformados.

Nota de pie de foto: "El metal ha sido siempre una de las pasiones del escultor Tomás Oliva. Sabedor de que del hierro se puede extraer todo el lirismo del mundo, vuelve a él una y otra vez. Ya sea fundiéndolo o soldándolo, dándole formas únicas y aleatorias, o ensamblando piezas ya forjadas, trabajar este metal es para él una fiesta de la poesía."