Tomás Oliva Sr.
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Cover: Magazine Artes Plasticas

Antonia Eiríz, Ni muertos, 1963, óleo sobre lienzo, tríptico.
CORTESÍA DEL MUSEO NACIONAL DE BELLAS ARTES, LA HABANA

Tras el anuncio del presidente Obama de que Estados Unidos normalizará las relaciones con Cuba, muchos en el mundo del arte han comenzado a predecir un auge en el mercado artístico de la nación insular. Para conmemorar la ocasión, republicamos el exhaustivo reportaje de Tana de Gàmez sobre la escena artística cubana, publicado en la edición de septiembre de 1964 de ARTnews, el cual se adentra en talleres y centros artísticos para tomar el pulso a este vibrante ecosistema.

«La posición del artista en la Cuba de hoy»

Por Tana de Gàmez

A pesar de su comunismo de caña de azúcar, el régimen de Castro ha dejado de lado el realismo socialista para ejercer un entusiasta mecenazgo de todas las artes; cuanto más vanguardistas, mejor.

«¿Cómo es el Pop Art?». «¿Trajiste ejemplares de ARTnews?». «Nos faltan pinceles». «¿No podrías habernos metido unos cuantos tubos de pintura negra en la maleta?». «Estoy tallando con la navaja de mi hijo». «¿Qué tal está el Museo de Arte Moderno? ¿Siguen exhibiendo nuestra obra?». «¿No fue maravilloso que Lam ganara un premio Guggenheim? ¡Cuéntanos!». Así me recibieron los artistas en La Habana, pues el bloqueo estadounidense a Cuba ha afectado su suministro de materiales artísticos y publicaciones periódicas, que anteriormente se importaban casi exclusivamente desde Estados Unidos.

Sin embargo, esta situación de emergencia ha propiciado un renovado esprit de corps. A costa de gastar la preciada gasolina, un buen pincel viaja de un extremo a otro de la ciudad para ser compartido por varios artistas. Se realizan experimentos con raíces trituradas, cal y tierra de jardín para extraer pigmentos y bases. Los escultores martillean y sueldan trozos de metal desechados para convertirlos en láminas. Ante la falta de acero de refuerzo, los arquitectos han recuperado las técnicas de bóveda catalana del siglo XVII. Se logra un sistema natural de climatización mediante persianas fijas y celosías, recursos tomados de los harenes orientales y los patios andaluces. Ha surgido, por pura necesidad, un nuevo respeto por el ladrillo visto y la piedra, por las tuberías y conductos expuestos; ahora, los acabados de revestimiento son un lujo del pasado, incluso en los interiores más formales.

El alivio está a la vista, pues Cuba comercia con todas las naciones importantes de Europa y Asia, y el gobierno, por fin, se está ocupando de importar los materiales que necesitan los artistas: herramientas y pigmentos de Inglaterra; lienzos de Bélgica; pinceles de Japón; papel de arroz de China; y libros y revistas de arte de Francia y Holanda. Pero, con bloqueo o sin él, la construcción prosigue a un ritmo frenético, y los talleres, las imprentas, las compañías de ballet y las escuelas de arte bullen con una actividad sin precedentes. Se otorgan becas artísticas —que incluyen alojamiento, manutención y vestuario, además de formación y educación— tanto a hijos de pescadores y campesinos como a los de profesionales. El resultado es un ritmo de producción asombroso, una calidad general considerable y una inesperada libertad de expresión.

Predomina un movimiento rico en tendencias contradictorias, con un marcado énfasis en las corrientes occidentales contemporáneas. Si no es el Pop Art, la pintura y la escultura abstractas, el cine de la nouvelle vague, la danza moderna, la poesía de vanguardia y el teatro del absurdo —géneros considerados anatema en la mayoría de las naciones comunistas— están a la orden del día en la Cuba revolucionaria, a pesar del patrocinio gubernamental de las artes. Esta paradoja se extiende al arte religioso, que está siendo restaurado y exhibido como nunca antes. La pasada Navidad, el arzobispo Pérez Serantes, Primado de Cuba, inauguró el primer Museo Eclesiástico del país en la catedral de Santiago —la más antigua del hemisferio, fundada en 1522—; para tal fin, el gobierno colaboró en la recopilación y el traslado de tesoros procedentes de toda la isla y de algunas regiones de España.

En el ámbito de la pintura y la escultura, los motivos políticos y sociales suelen relegarse a los aficionados y, a menudo, son objeto de burla entre los estudiantes, a menos que contengan elementos de valor artístico genuino. No vi cuadros de tractores glorificados ni de campesinos heroicos en los talleres que visité durante las cuatro semanas que pasé recientemente en Cuba. Los únicos retratos de guajiros y escenas de la zafra que vi en la Galería de La Habana —patrocinada por el gobierno— fueron unas pocas obras de corte sentimental incluidas en una exposición retrospectiva en homenaje a Abela, quien, junto con Amelia Peláez, es considerado el decano de los pintores cubanos. «La calidad es la única exigencia; el buen arte, la meta», afirma Mariano, tan ferviente colorista hoy como cuando el grupo cubano alcanzó la prominencia con la exposición del Museo de Arte Moderno de 1943. «El país enloquece de alegría cuando uno de nosotros obtiene reconocimiento internacional, independientemente de que la gente comprenda o no nuestra obra», prosigue. «Así pues, somos libres de buscar una expression personal o un estándar de excelencia universalmente reconocido. El gobierno nos deja trabajar en paz y nos brinda, de manera discreta, apoyo moral y financiero».

Los fondos se canalizan a través del Consejo Nacional de Cultura, un organismo integrado por los intelectuales, artistas y educadores más destacados de la nación; entre sus miembros no figura ni un solo empresario ni político. «Nosotros libramos y ganamos nuestras batallas entre nosotros mismos», comenta Alejo Carpentier, el novelista —el intelectual más laureado de Cuba—, quien obtuvo el Premio Goncourt en 1956 y cuyo nombre se baraja actualmente en los círculos literarios europeos como candidato al para el Premio Nobel. «Para cuando llegamos al Ministerio con una solicitud de asignación presupuestaria, más vale que la batalla ya esté resuelta; el gobierno está demasiado ocupado como para involucrarse en disputas artísticas. Todo lo que quiere son resultados, y por "resultados" se entiende reconocimiento internacional. No hay imposiciones ni interferencias».

Hace unos meses, algún fanático dentro del gobierno comenzó a cuestionar ciertas películas importadas por considerarlas «decadentes», argumentando que la Nouvelle Vague y el realismo erótico italiano no constituían un material edificante para un pueblo inmerso en una revolución purificadora. Todos los críticos de arte y artistas de renombre de la isla se abalanzaron sobre el funcionario entrometido con ataques tan feroces en la prensa y la radio que el propio Fidel Castro tuvo que intervenir. Declaró que «el pueblo debe ver todas las películas, todo el arte, todos los libros; la revolución significa cultura e ilustración para todos, no solo para unos pocos». Así pues, para cuando llegué a Cuba, Divorcio a la italiana, La dolce vita e Hiroshima mon amour ya figuraban en las carteleras de La Habana.

El Consejo actúa como una combinación de hada madrina y organismo administrativo de las artes y las letras, abarcando desde la publicación de libros hasta la presentación de espectáculos de danza y teatro. (Las obras de Ionesco, Beckett y Albee gozan de una popularidad similar a la que han tenido en Nueva York). También encarga proyectos artísticos y organiza exposiciones tanto en el país como en el extranjero. Se celebran muestras de arte y conferencias en fábricas y campamentos militares, así como en escuelas y universidades. El Ballet Nacional, la Orquesta Sinfónica, la Orquesta de Cámara y el coro de La Habana ofrecen actuaciones para los campesinos al pie de la Sierra Maestra. En febrero, se presentó una exposición de reproducciones de pinturas francesas del siglo XIX para los trabajadores del Sindicato de Comercio en un salón de belleza, con discursos inaugurales y charlas explicativas incluidos. El Museo Napoleónico de Julio Lobo —ahora abierto al público— permaneció cerrado para todos, salvo para los miembros del Sindicato de Pescadores, durante una tarde de mi estancia en Cuba. El diseño industrial, el empaquetado y la impresión de carteles son dirigidos por artistas de renombre, en un esfuerzo por captar y educar la sensibilidad popular en la vida cotidiana.

Las torturadas y afiladas puntas de los pilares metálicos de Tomás Oliva se alzan en los edificios gubernamentales de reciente construcción. Los mares geométricos de la serie Aguas territoriales de Luís Martínez Pedro —enviados al extranjero en aviones gubernamentales— se exhiben fuera del país, tal como lo hicieron las treinta obras que le valieron a René Portocarrero un premio en la Bienal de São Paulo. El mundo monástico de sombras de Raúl Milián pudo verse el año pasado en Polonia y Francia. Las concisas declaraciones de Tapia-Ruano —plasmadas en collages de astillas— y los impastos explosivos de Hugo Consuegra —en colores solares— cuelgan en ministerios y oficinas públicas. Las abstracciones mutables del picturama de Sandú Daríe —proyectadas sobre un fondo de música electrónica— se presentan en espectáculos dirigidos a estudiantes y trabajadores.

«¿Quién ha oído hablar jamás de un régimen socialista que promueva semejante "decadencia"?», exclama —con el deleite apenas disimulado de un connoisseur del arte— Chaim Yaary, ministro de Israel en Cuba. «No nos importa cómo se llame, siempre y cuando podamos conservarlo», afirma Luís Martínez Pedro, a quien —dicho sea de paso— se le permitió conservar muy poco de sus propiedades y de su negocio (la principal agencia de publicidad de Cuba) cuando se nacionalizó la riqueza privada. Ya fuera como artista o como empresario, probablemente no tendría dificultad alguna para rehacer su vida en Nueva York, donde cuenta con antiguos socios, coleccionistas y familiares. No obstante, Martínez Pedro y su esposa optaron por quedarse y brindar su apoyo y prestigio a la Revolución, al igual que otros cubanos ilustres, como la bailarina Alicia Alonso y el novelista Alejo Carpentier.

No todos los talentos cubanos destacados apoyan activamente a la Revolución. Están aquellos que se hallan ausentes, quienes siempre han vivido en el extranjero; las personalidades discretas que se quedan y observan; y los disidentes que permanecen en el país, pero que aún añoran los viejos tiempos. Wifredo Lam reside en Europa y regresa ocasionalmente a su patria para abrir su casa de Marianao e instalar allí su taller durante unos meses. Mario Carreño vive en Chile —tierra natal de su esposa—, donde residen desde hace varios años. Felipe Orlando se encuentra en México, como de costumbre,iniendo clases en la universidad. Emilio Sánchez vive en Nueva York, tal como lo ha hecho durante la mayor parte de su vida adulta. Y Julio Girona, el pintor abstracto, continúa residiendo en Nueva Jersey, aunque en la actualidad se encuentra imprimiendo clases en Alemania. En su villa a las afueras de La Habana —aunque menos locuaz que la mayoría en las actividades culturales patrocinadas por el gobierno— se encuentra Amelia Peláez, una de las grandes maestras del grupo cubano. Próxima ya a cumplir los setenta años, no ha perdido nada de la frescura de sus colores frutales ni de sus composiciones ingenuas. Sigue pintando —y riendo y bromeando abiertamente sobre todo, desde la barba de Fidel hasta las amas de casa que se calzan pantalones y botas para hacer guardia en la milicia— como una niña traviesa de dieciséis años dotada de parte del genio de Matisse. Trabaja sin descanso y reconoce que sus ventas siguen siendo tan buenas como antes. «La Revolución no ha cambiado nada para mí —dice—, salvo que mis aves exóticas han muerto por falta del alimento especial que ya no recibimos, y que ahora tengo que perfilar con siena en lugar de negro».

Cundo Bermúdez está pintando magníficamente. Hay una nueva translucidez en sus colores. Su dibujo se impone, imperturbable ante las texturas. Sitúa rostros pensativos y espectros consumidos e introspectivos en un mundo engañosamente exuberante y elegante, tanto más misterioso por su dualidad incompatible: mitad selva, mitad teatro. Pero Cundo no quiere saber nada de actividades colectivas. Tampoco Alfredo Lozano. Se mantienen al margen y trabajan discretamente para mecenas privados, sin tener vínculo alguno con las exposiciones ni los eventos del Sindicato de Artistas. Viven en sus antiguos hogares familiares y conducen sus propios vehículos hasta sus respectivos estudios; Lozano trabaja en un garaje acondicionado y Cundo, en un ático de soltero en el barrio del Vedado. Ambos trabajan sin descanso y me comentaron que sus ventas siguen siendo tan buenas como antes. «Hoy en Cuba no hay nada más que comprar aparte de arte», dijo Cundo con languidez.

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Una fuente en el Centro de Artes Cubanacán, diseñada por el arquitecto Ricardo Porro.
CORTESÍA DE FLICKR/LISA MOFFATT

El paso más audaz de Cuba en la arquitectura —y en la educación cultural— es el Centro de Artes Cubanacán, sede de las cinco escuelas de ballet, pintura y escultura, música, artes escénicas y danza moderna. Se trata de un conjunto de aulas, talleres, teatros, salas de conciertos, bibliotecas, galerías e instalaciones técnicas, albergado en varios bloques de fantásticas cúpulas y naves, rodeado de parques y terrazas. El proyecto fue diseñado por Ricardo Porro, el arquitecto más ecléctico de Cuba, quien afirma ser un escultor frustrado. A pesar de estar inconcluso —y de ir entrando en funcionamiento sala por sala—, el Centro de Artes causó sensación entre los delegados franceses, británicos, italianos y brasileños que asistieron al Congreso Internacional de Arquitectos, celebrado recientemente en La Habana. (La revista Architectural Forum publicó fotografías de algunos de sus exteriores en su edición de abril). El arquitecto Porro y Fernando Alonso, del Ballet, pasaron una tarde mostrándome los interiores. Es una obra maestra impresionante, concebida para albergar a cinco mil estudiantes de arte becados. Unos mil quinientos de ellos —con edades comprendidas entre los 9 y los 18 años— ya se encuentran trabajando allí. Las aulas están construidas a semejanza de los anfiteatros griegos. Los pedestales para esculturas y los nichos para pinturas están estratégicamente ubicados a lo largo de los kilómetros de pasillos que recorren todos los edificios. Pequeñas zonas de vegetación natural que brotan de las paredes de ladrillo rojo lanzan un refrescante chorro de agua al presionar una palanca con el pie. Ante la falta de acero de refuerzo, se idearon enormes cúpulas de ladrillo rojo que siguen —como se mencionó anteriormente— el modelo de las bóvedas catalanas del siglo XVII; cada punto de la bóveda descansa sobre un pilar de hormigón, uniéndose a las paredes mediante celosías intermedias que no solo refrescan el aire, sino que también resisten los frecuentes huracanes al no ofrecer resistencia al viento. Fuentes de diseño abstracto se alzan en medio de patios rodeados por pórticos columnados. Siempre que es posible, se recurre a la iluminación cenital para ahorrar la preciada energía eléctrica. La galería de arte es una maravilla de paredes móviles. El taller de grabado es un espacio hexagonal revestido de paneles de caoba que ocultan archivadores para guardar el diverso utillaje y que, al abatirse, se convierten en superficies de trabajo. La escuela de artes escénicas cuenta con un anfiteatro equipado con escenarios giratorios y elevadizos. La Sala de Música puede adaptarse a las proporciones adecuadas para grupos de cámara o expandirse en toda su amplitud y altura para acoger conciertos sinfónicos completos. Está previsto que el Centro Cubanacán sea inaugurado formalmente en Navidad.

Cuba está adoptando la práctica de nombrar a intelectuales distinguidos para cargos diplomáticos. El Dr. José Antonio Portuondo —actualmente decano de la Universidad de Santiago y anteriormente profesor aquí, en las universidades de Wisconsin y Columbia— ha ejercido como embajador en México. Mariano se desempeñó durante casi dos años como primer agregado en la embajada en la India. (Esto se hace patente en su obra de 1960–62: «Nada se asemeja al blanco oriental», afirma). Juan David, maestro de la mordaz observación humana —a quien bien podría llamarse el Daumier de Cuba—, ha prestado servicio en las embajadas de Brasilia y Montevideo. En la actualidad, ejerce como Agregado Cultural en París. David trabaja en un volumen monumental —«está a la altura de mi talla» (mide un metro ochenta y ocho y es de complexión maciza)— sobre la Historia del dibujo humorístico en Cuba: 1492–1962.

El exceso de confianza en Cuba no se limita al gobierno revolucionario. Existe una generación de artistas que ya no desea ser calificada de «joven», pues ejerce ya como mentora y modelo para un grupo aún más joven que pisa sus talones en busca de reconocimiento. También en el arte existe el riesgo de que «todo llegue demasiado pronto y en exceso». No obstante, sería una injusticia relegar a la generación «intermedia» en el marco de este frenético —aunque loable— esfuerzo por descubrir y fomentar todo vestigio de perseverancia y talento entre una población de seis millones setecientas cincuenta mil personas. Me refiero a artistas jóvenes en edad, pero con una trayectoria ya lo suficientemente sólida como para haber participado en certámenes nacionales de la talla de las bienales de Venecia y São Paulo. La lista de creadores de este nivel es extensa. Cabe citar, por ejemplo, a un joven artista negro de tendencia neosurrealista que se ha convertido en el protegido de Matta y comparte estudio con él en París. Su nombre es Acosta León. Raúl Martínez es, tal vez, la figura más contundente de entre los numerosos expresionistas abstractos que integran este grupo; produce obras de una madurez impresionante: fragmentos de una realidad fragmentada, observada como a través de un cristal de aumento teñido de color. Otro artista que parece aventajar a su edad es Orlando Yanes, quien puebla su universo con criaturas etéreas, plasmadas en una paleta de colores elegante y sobria. Los ordenados planos superpuestos de Salvador Corratgé evocan la madurez compositiva de Albers. Herrera Zapata disecciona sus mitos personales con un detallismo minucioso, tanto más admirable por la exquisitez de su ejecución como por su deliberada recurrencia. García York, por su parte, concibe sus mitos como una fuente de inspiración netamente literaria y los traslada —imprimiéndoles un matiz sardónico— a una serie de detalles punzantes que, de súbito, se erigen como el epicentro de su discurso artístico.

Si a Sandú Darié —un artista consagrado de mayor edad, nacido en Rumanía y afincado en Cuba desde hace veinte años— se le conoce como «el Greco cubano» por haber adoptado esta nueva y generosa tierra como propia, cabría preguntarse... Se podría elegir a la joven Antonia Eiriz como «la Goya cubana» por sus conmovedores y dramáticos dibujos. Comparte una compasión por la condición humana tanto con el gran aragonés como con José Luis Cuevas y Dubuffet. Nada, entre los demás talentos cubanos, impresiona tanto como sus títeres en descomposición y sus semimuertos acusadores, que parecen emerger de una planta en formación, en su serie Rendición: Ni siquiera muertos.

Matta, quien se está construyendo un estudio en La Habana, contempla el proteico panorama cubano y lo resume así: «Prefiero esta innumerable variedad de formas unidas por un Solo Amor, frente a lo contrario que ocurre en otros lugares: artistas que se esfuerzan por decir cosas diferentes y terminan produciendo cuadros que son todos iguales. El objetivo del arte es encontrar una manera distinta de decir algo grandioso».